Breves versiones de la ausencia

 

Bogotá tiene una de las carteleras culturales y artísticas más nutridas, movidas y atractivas de entre todas las ciudades capitales del país. Esta capital es inclemente y ruidosa y el que camina a prisa o desaliñado atemoriza al viandante que piensa que lo siguen. Es una ciudad del miedo.

 

Los embotellamientos (o ‘trancones’) son monumentales y desplazarse de un lugar a otro no se hace fácil por la superpoblación que debe acudir a un sistema de transporte público que colapsó antes de su conclusión.

 

Pero en medio de estas y otras decenas de situaciones que tienen que ver con pobreza, agresión, intolerancia e inseguridad, es esta una ciudad con gran oferta cultural para gustos diversos como es ella misma y tan sorpresiva como que aquí se han hecho exposiciones, conciertos y puestas en escena que poco tendrían que envidiar a otras metrópolis.

 

En materia musical, Bogotá ha sido durante décadas un lugar hospitalario y aunque nos hemos privado de muchas cosas, es también grande el inventario en el haber, sabiendo que por aquí pasaron y dejaron honda y grata huella el elegante Duke Ellington, el destacado violinista Yehudi Menuhin, el flemático Donald Byrd, el buen guitarrista blues Clarence ‘Gatemouth’ Brown, el brillante trompetista Wynton Marsalis y, durante las últimas dos décadas, las luminarias que van de Richard Bona y ChickCorea, pasando por Ron Carter hasta Brad Mehldau o el trío de John Medeski.

 

Pensando que – por tradición – lo anteriormente mencionado es de sobra un buen terreno abonado para que un género como el jazz tenga tantos adeptos como para agotar siempre las taquillas, no se entiende por qué sencillamente el público no asiste a buena parte de la oferta jazzística en la ciudad.

 

Puede además ser culpa en parte de la crisis económica y el rampante desempleo, pero se debe resaltar la gran cantidad de eventos (en diferentes áreas) que las entidades públicas y privadas ofrecen a esta ciudadanía apática y muchas veces hostil, son gratuitos.

 

Sin embargo la gratuidad es una navaja con dos filos pues se puede argumentar que el publico capitalino se ha venido acostumbrando a los mega eventos de impecable producción o al menos de aceptable factura, sin pagar un céntimo, mas allá de los transportes y si requiere alguna vianda para antes, durante o después del espectáculo, generalmente ofrecido al aire libre en algunos de los casi siempre bien cuidados parques metropolitanos.

 

En el caso particular del ámbito jazzístico ¿cuál era el secreto de agrupaciones de los años noventa que llenaban auditorios? ¿Por qué cambio tanto esa tendencia de salir y de atender pagando a los eventos?

 

Es de suponer que estamos ante un momento de gran oferta y muy poca demanda, hablando en los términos más elementales de una dinámica económica. Son un número importante las agrupaciones de jazz y géneros cercanos que han ido creciendo en repertorio y experiencia dentro del perímetro urbano y son varios los auditorios y lugares casuales que permiten que estas músicas circulen, pero no tanta la afluencia de público y ello podría desvanecer la inquietud de fortalecer una escena que es grande pero incipiente todavía.

 

El fenómeno – es un hecho que compartimos con algunos otros amigos del jazz que creemos en esta música como un lenguaje hace tiempo de tono universal – obedece justamente al estado crítico de asuntos que atraviesa no sólo esta capital, sino el país y el mundo. Pero es así como afloran las artes: el espíritu creativo se agudiza en tiempo de crisis y desigualdad, de terror e iniquidad, de injusticia y desasosiego.

 

Habrá que otra vez darle un vistazo al archivo reciente de los noticieros con sus temibles ojos electrónicos que están en todas partes y que nos traen noticias del robo, el asalto y las protestas, para entonces (como en tiempos de Coltrane en ‘Alabama’) acompañar o responder a las escenas con una desconcertante suite de jazz atonal que sacuda los sentidos.

 

El escenario es urbano y la pantalla ciertos rezumaderos de vanguardia. Volvamos todos a la calle para escuchar el gran concierto de la desazón.  

 

***


JazzColombia.com es una marca de La Fundación La Zebra Azul © 2009. Todos los contenidos, imágenes y audio son propiedad de La Fundación La Zebra Azul,  han sido cedidos por sus autores, o su reproducción ha sido autorizada. Está prohibida la copia o uso indebido de este material, sin previa autorización de los autores. 

Bandvista.com :: Band Website Design Builder