Cháchara con Chía

 

Por Adriana Carrillo

Cuando en la música se tiene una mente tan amplia, capaz de acercarse a los sonidos más geográficamente lejanos o apartados, se mira con extrañeza la discusión bizantina de que si soy de aquí no puedo tocar lo que suena allá y viceversa. La generación que hoy toca y compone lo que en algún momento se bautizó como Nuevas Músicas Colombianas se ha preocupado más por crear un sonido original, que pueda atrapar a los públicos más diversos. Esta nueva mirada a nuestras músicas las hace aún más cercanas a nuestra condición actual. Hablan más de nuestro presente y nuestra cosmogonía. Así como el lenguaje hablado ha tenido la necesidad de usar otras palabras o usar las mismas de otra manera, el lenguaje de la música ha tenido que incluir otros términos a su vocabulario y reinventarse.

Y ese proceso, hay que decir hoy, se ha vivido de dos maneras. Una jugando de local, sobre todo en la capital, y otra desde fuera, en escenarios extranjeros. Hace un par de semanas recibimos la visita de Martín Vejarano desde Nueva York, quien, como ya se ha dicho en este espacio, nos trajo La Miel, un nuevo disco en sexteto que lleva el nombre de Chia’s Dance Party. Un formato mayormente festivo, de arreglos orquestales y melodías  gozonas que hacen honor a la música popular de las bandas pelayeras y de las costas.

Después de su experiencia con La Cumbiamba NY, con la que  Vejarano cumplió el papel embajador de transmitir el folclor colombiano tal y como suena por estas tierras, lo que buscó fue conformar un formato portátil, que surgió a raíz de una visita de Pacho Dávila a Nueva York, y que sirvió para contagiar al baterista bogotano de sonidos “diferentes”. Así fue como se lanzó a montar el mismo formato en Bogotá. Esas composiciones allá tocada por norteamericanos, con el reto de lograr registrar en sus discos duros el espíritu de los ritmos colombianos, usando referentes como que “una chirimía es como un dixieland”, tienen acá el reto de, por ejemplo, conseguir un tubista que además de interpretar bien los ritmos colombianos, sea un buen solista. Y ahí empieza el problema. En el concierto en Matik fue Juan Sepúlveda quien asumió el reto.

La noche terminó como tenía que terminar: Chía’s Dance Party dio honor a su nombre tocando temas de Lucho Bermúdez que, ahora sí, levantaron a los tímidos bailadores que habían dudado de pararse a bailar y tropezarse con algún arreglo muy complejo para los pies.

Martín dijo sentirse parte de esta generación, aún desde la distancia. Dice que tal vez se fue en el mejor momento cuando empezaban a pasar las cosas. Cierto o no, tanto allá como acá existe el deseo de extender los límites hasta casi desdibujarlos, de usar toda la información musical que está en el traspatio de la memoria y que los hace sentir más honestos al interpretarla, como punto de partida de esas músicas que nos ponen a pensar dos veces cuando nos toca explicar de qué género se trata. Igual, tampoco importa mientras un concierto tenga todavía la capacidad de alegrarte el día.

Especial para jazzcolombia.com


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