De lo oscuro en el jazz (segunda entrega)

 

Erik Friedlander es un destacado cellista neoyorquino que cuenta con una atractiva colección de ocho discos en su carrera como líder dentro de los cuales uno denominado Maldoror se destaca en nuestra breve pesquisa en torno al lado oscuro del jazz. Friedlander ha trabajado para el sello Tzadik y por supuesto para trabajos con John Zorn, incluyendo uno de esos fatídicos "Book of Angels". El trabajo que procura la presencia de Maldoror, por supuesto evoca la enigmática figura del Conde de Lautréamont, uno de los sombríos poetas malditos del siglo XIX.

 El autor dice que “Maldoror fue bueno hasta que decidió lanzarse – comedidamente - a la carrera del mal” a propósito de la descripción inicial del personaje creado para recorrer las mil y una formas del dolor y del padecimiento que contiene la hórrida pero paradigmática obra Los Cantos de Maldoror en el cual aparecen sin pudor las ventosas de la sanguijuela, la desfachatez del piojo y las pústulas enrojecidas de la pulga, como diminutos corpúsculos que el mal ha puesto sobre la piel del mundo.

 

 

Philly Joe Jones tiene un Blues for Dracula que ante todo es un divertimento y es posible que además de oscuridad en el jazz, de lo que podemos hablar ampliamente es de un rampante malditismo en el camino que conduce del blues al aparentemente reluciente jazz entre el siglo XX y lo que va del XXI. Se trataría entonces de no olvidar las raíces propias de ambos géneros que inicialmente no fueron tal, sino en la forma inicial del worksong que se cantaba en la plantación o en la cárcel, algo más que un canto de liberación, un lamento de dolor profundamente inmerso en contenidos de los rituales paganos venidos del África ancestral y que en secreto se conjuraban en las tardes de azueto del ortodoxo amo blanco bautista o luterano. No habrá que desconocer cómo es que ambas instancias (la de los poetas como BaudelaireRimbaud Lautréamont y la de los primeros bluesman en América) coinciden en una rara sincronía de época y que son fenómenos independientes en distantes geografías que lamentan el caos, el dolor, la desesperanza y la fe perdida.

 

 

Sorpresa desconcertante nos llevamos quienes hemos sido medianamente juiciosos seguidores de la obra discográfica de Chick Corea, pues a contracorriente de las bien difundidas ideas religiosas conservadoras, su principal leit motiv, aquello que encuentra inquietante y con lo cual ha coloreado desde hace más de tres décadas tanto sus carátulas como la música atrás de intrigantes figuraciones entre gnomos y elfos de lo mas variopinto, es su culto apasionado con la denominada dianética (o cienciología), secta fundada por uno de los compinches de la Golden Dawn, seguramente la más grande y abominable de las sociedades secretas que rinde abiertamente culto al diablo.

 

Corea ingresó a la secta hacia el final de los setenta y en la epidermis de carátulas como The Leprechaun’ (El Duende) se pone de relieve el carácter esotérico del músico transformado en una ambiguo criatura propia de ese ámbito, con lo cual no necesariamente estaría sucediendo nada más allá de una elaboración estética. En The Mad Hatter  (El Sombrerero Loco) el jazzista personifica el díscolo personaje de Alicia en el País de las Maravillas del también metafísico Lewis Carroll. Sin embargo el asunto se convierte en un culto continuo y la reiteración de enunciados alusivos al rampante ocultismo del que Ron L. Hubbard hizo alarde en su desordenada existencia, y que Corea replica una y otra vez en discos como The Ultimate Adventure puesto en el mercado con versión en audio y video.

 

Hubbard fue fundador de la mencionada cienciología, luego de sus andadas (y sus desmanes) con el sinisestro Aleister Crowley, quien se narraba como la encarnación de Éliphas Levi, lúgubremente célebre satanista del siglo XIX. Crowley Hubbard trenzaron amistad en orgías, consumo de drogas y prácticas secretas que adornaban la Golden Dawn y sólo hasta el momento en que Hubbard alegó demencia, pudo liberarse de una continua persecución (afortunada y obvia) por parte de quienes querían reclamarle por sus crímenes, como cuando quiso invadir parte del golfo de México y literalmente lo convirtió por mano propia en campo de tiro. De las alucinaciones postrimeras a ese período, surgieron las semillas para una obra literaria que es apreciada hoy día por miles de fanáticos que hallan en esto una serie de inocentes fábulas que involucran seres fantásticos que sólo son metáforas del inframundo. Sobre estos relatos y estos personajes se basa Corea para algunos temas como “Three Ghouls” o “Moseb the executioner” Lo peligroso allí son las fuerzas conjugadas (y evocadas) entre magia, ocultismo y elementales que mal manejados son de terribles consecuencias, especialmente para el incauto.

 

 

La cienciología habla de la vida extraterrestre y originalmente se pensó como una corriente filosófica; se ocupa del dominio de si mismo y la autorregulación de la conciencia, así como su objetivo primordialmente se concentra en la consecución de la propia felicidad. Un tema por demás hedonista, aparentemente inofensivo, pero al verlo de soslayo acude justamente a premisas contrarias a la bien extendida tradición judeo cristiana que apela, por ejemplo, al sufrimiento para hallar salvación y desdeña toda señal de prosperidad en lo terreno. Nadie negará que trabajos como los de Chick Corea son grandiosos, incluyendo el explícito The Ultimate Adventure y condenarle por ello sería también torpe y en exceso prejuicioso. Pero en el aire queda un vacío, un tufillo metafísico que sólo a posteriori podrá vislumbrarse mejor. Justo quizá cuando estemos del otro lado, viendo también el asunto desde otra perspectiva.   

 

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