Día Mundial del Jazz con la música que más le gustaba a Roberto Rodríguez Silva

 

Al final de mis años de secundaria (y aún en buena parte de la primaria) tuve profesores en la asignatura de música que nunca hicieron que me inclinara por este bello arte. Les contradije en el tiempo. Hubo uno que de continúo nos insistió en la música clásica europea como la única posible y con ella los compositores: Handel, Beethoven y Bach.

Así las cosas, es raro que del mismo colegio hubiesen egresado varios insignes representantes de la balada, el rock e incluso el jazz local, como los casos del pianista y vientista Manuel Tejada o el saxofonista y director William Rojas.

El celebérrimo maestro de aquellos años era un buen intérprete del acordeón y con él seguíamos durante incansables horas, las letras de un cancionero muy divertido que contenía asuntos del repertorio popular latinoamericano. Pero nunca nada de Mendelssohn o de Vivaldi.

Esperábamos (sin pedirlo) una grabación de alguna de estas luminarias para darle punto final a la sentencia del profesor. Pero nunca sucedió y fue esta omisión justamente la que me llevó antes de cumplir los 12 años de edad, a reconocer la discoteca de mi padre que bien sabía que oscilaba entre otros clásicos: de Silva y Villalba y Gardel a Daniel Santos y la Sonora Matancera.

Pero entre esas joyas de vinilo, también logre hallar la sinfonía número cuatro de Beethoven, las estaciones de Vivaldi  y algo de Bach. Cuando la provisión se agotó, me resolví a buscar entre la radio (menos atiborrada de insulso contenido como pasa hoy en día) y fue fácil dar con una estación que prácticamente todo el día programaba la llamada música clásica.

Agotado también con este repertorio y quizá en un afán insaciable de hallar variedades, saltaba los horarios de sintonía, cambiaba el dial, recorría otras emisoras de buena calidad como Estéreo 1.95, Fantasía e incluso la insufrible Melodía… hasta que un día, un buen día como cuando Aureliano Buendía finalmente conoció el hielo de mano de su padre, sintonicé en la noche, la roñosa voz de un hombre que anunciaba nasal una música suprema y emotiva que cambiaría para siempre mi modo de percibir sonido, vida, respiración y emoción.

Era Roberto Rodríguez Silva presentando en la HJCK su programa “Jazz” que se volvió desde entonces tan entrañable como una golosina diaria y tan necesaria como que fuera una inevitable fuente de vitalidad. Allí escuché por primera vez a Art Blakey y los Jazz Messengers, a Django Reinhardt, a Thelonious Monk, a Artie Shaw y a las big bands de Ellington, Basie y Herman.

El ejercicio que vino pronto con este nuevo hallazgo, fue grabarlo continuamente en cintas de cassette que birlaba a mi padre (así se fueron sus archivos de Pedro Infante y Antonio Aguilar que a su vez él también había grabado de la radio, captando señales de la onda corta) y que muchas veces más repasaría y regrabaría con máxima devoción, una vez aprendía casi de memoria algunas tonadas.

El homenaje más pequeño (quizá el más grande al mismo tiempo) es el de la imitación con tono de epígono menor que mira desde lejos con admiración a su maestro. Casi 30 años después de este magnífico hallazgo y bendecido por la posibilidad de hacer un programa diario que suena en Bogotá y Medellín en dos diferentes horarios del día, pienso siempre en esa voz legendaria de la radio: la de Roberto Rodríguez Silva y su acentuado “Jaaazzzz” del inicio de su emblemático programa que un poco yo mismo incluyo adrede en la presentación de mis espacios.


Se fue este hombre de la radio cuya profesión original era la arquitectura y una de sus grandes pasiones, la colección y el disfrute de los discos de jazz, primordialmente en vinilo. Es una lástima que las nuevas generaciones no le hayan tenido del todo como ícono y como referencia (salvo unos cuantos avezados) pero lo cierto es que al interior de la comunidad jazzística en Colombia, le saludamos con respeto y gran admiración y extendemos un adiós con nuestra mayor gratitud.

En cambio de un momento de silencio, deberíamos hacer sonar nuestros discos desde pequeñas o medianas o grandes colecciones en homenaje al gran decano de la radio jazz en Colombia.

Como está sonando por estos días un día universal para la música de jazz, indudablemente ese día debe ser el escogido para celebrarle ‘in memoriam’, la vida y la obra, al buen Rodríguez Silva, que en paz descanse. Propongo ese homenaje local, que ojalá se vuelva nacional.

 

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