El deleite de un buen disco I

 

Varios asuntos atractivos tiene el arte de la música: uno de ellos por supuesto es ése que mal llamamos ‘interpretarla’ (mejor sería‘improvisarla’), el otro es apreciarla en vivo como simples espectadores y uno que no siempre es tan fácil, es ‘tocarla’ en el reproductor. Cuando el placer es de nostálgico, ‘pincharla’ delicadamente con la aguja de la tornamesa no tiene comparación.

Seguramente algunos dirán que también han encontrado alegría en aprenderla (o en aprehenderla) como quien doma un tigre que era antes un pequeño gatito y que se creció como una ‘fiera corrupia’. (Diremos que algunos maestros de abigarrado empeño, se aferran al arco o a la batuta como un domador de circo, tratando de apuntalar a los borregos detrás del atril, para remontarlos por el cielo clásico del muerto paisaje europeo, emulando el arte del adiestrador)

Quizá nadie negará la breve satisfacción que ofrece el disco que llega a casa; el gusto de sacarlo cuidadosamente del envoltorio (a veces un celofán, otras veces una especie de ‘vinipel’) y aunque los ecologistas digan que se trata de un acto poco bondadoso contra natura, esa fiesta de plástico que de pronto gira a gran velocidad sobre el haz de luz del láser, es un placer finito…como pocos.

En algún momento de los años noventa los discos compactos empezaron a salir al mercado en el formato denominado digipack como una estrategia de mercadeo; como quien quiere re-conquistar al coleccionista las casas disquerasvolvieron a editar las viejas pero muy queridas fotos de Coltrane o de Yusef Lateef sobre una serie de presentaciones en cartón impreso, corrugado, brillante y plastificado o mate y troquelado, ediciones que se volvieron entonces un tema de colección y fue de ese modo como empezó a hacerse más visible el sello Impulse! en nuestro medio, pero también el sello Atlantic, entre otros que resolvieron esta vía, para superar el tema de la aparatosa y por cierto nada práctica en su poca resistencia, tradicional caja plástica.

Descubrir qué hay adicional al interior de una de estas ediciones, siempre es un deleite. Olfatear el interior como quien descubre una flor que recién se abre; ojear y hojear los librillos bien editados con información sobre el artista y fotografías suyas y finalmente desprender el disco mismo de esa araña que lo aferra a la contratapa o sacarlo de ese bolsillo que no siempre lo cuida de rayones, es un verdadero gusto que sólo el iniciado conoce y que el consumado coleccionista atesora y repite mientras puede, como uno de los pequeños grandes goces que los días traen.

Así las cosas, resulta prácticamente inverosímil que alguien de oficio consumado, no pueda disfrutar estas minucias, pero puede pasar, como hace poco sucedió.

 

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