El Deleite de Un Buen Disco II

 

 

Como son deliciosos los gajes del oficio de la radio, por estos primeros días de 2012 he tenido oportunidad de entrevistar a varias de las celebridades del jazz local e internacional pero para sorpresa mía y ahora de quien lee estas líneas, a propósito del tema emprendido alrededor del deleite que supone disfrutar de un buen disco en formato original, también hay quien no le emociona el disco, en cualquiera de sus formas hasta ahora conocidas. ¡Prefieren el MP3! ¡el horror! O cuando mucho sus variantes que en cuanto a calidad no distan mucho de ser el pálido reflejo de lo que los autores y los productores se propusieron inicialmente.

Nada tenemos contra los nuevos formatos, eso es bien cierto y para hacer una confesión que quizá sorprenda y llegue hasta el escandaloso punto de la infidencia: en la radio trabajamos con ese formato, por comodidad del productor o editor que nos ‘arma’ los programas en un sistema llamado pro tools, allá en los estudios de grabación de marras, pero que finalizando 2011 fueron actualizados en sus plataformas físicas y virtuales.

No obstante lleguemos con las flamantes adquisiciones (originalmente puestas en un formato denominado WAV) los editores deben convertir esto a formato MP3 pues ello facilita la tarea y a partir de allí Hamid Drake, Thelonious Monk o Nico Sánchez, se vuelven una señal, un impulso, una onda… y poco queda de la emoción nostálgica de lo hecho por los jazzistas en su original ´recording studio session’.

Huelga decir que la radio exige a los realizadores trabajar con materiales originales y que la llamada descarga sólo es un recurso último que no clasifica en los ‘estándares’ de calidad. Dicho sea de paso, hay una labor que no escatima esfuerzo y es la de registrar todos y cada uno de los tracks que se programan (¡dispendiosa labor!) para que tributen su respectivo impuesto antes dos conocidas entidades supuestamente competentes.

Me pregunto entonces ¿dónde quedará el verdadero y delicioso encanto de los discos? Supongo que en manos de coleccionistas y de aficionados; en los clubes que programan ‘en vivo’ los discos compactos y en oídos juiciosos que se toman la delicadeza de seguir los espacios radiales donde, con el mejor esfuerzo, procuramos hacer cubrimiento de los gustos todos o al menos mayoritarios, revisar las épocas, las escuelas, las novedades y especialmente los lanzamientos de los jazzistas colombianos.

El deleite de un buen disco parece tener cada vez menos espacio y hasta en el caso de los más acuciosos, hoy día se quejan de no tener un tiempo para oír sus viejas ‘pastas’ o los discos compactos empolvados que en otro tiempo eran un artículo preciado. Parece que nos aproximamos a ver estos objetos como rarezas del pasado.

Me suspendo momentáneamente sobre el espectro de una sociedad que menosprecia el acto simbólico y que sin mayores miramientos abandonó el valor de los objetos (¡gran paradoja!) y ha privilegiado el acto de la posesión sin el disfrute del mismo; muecas mercantiles sobre el acto del deseo. Pero me sustraigo.

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