El jazz de la sabana

 

 

Por Manuel Dueñas

Es posible que la modernidad en la música colombiana tenga que ver con ciertos nombres (Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Antonio Peñaloza), con una influencia (la del swing) y con la idea de enriquecer algunas músicas tradicionales. Es posible, además, que todo eso haya tenido que ver con la necesidad de dejar un legado. Y que, justamente por eso, desde ahí sea comprensible el origen y la formación de un saxofonista como Justo Almario, tal vez uno de los músicos más representativos de Colombia en los últimos tiempos. Partiendo de esa herencia, Almario construyó un sonido y una visión personal del jazz y la música colombiana.

Almario nació en Sincelejo, en la sabana del Caribe colombiano. Ese lugar de nacimiento determinó, desde el principio, una manera particular de sentir la música. “Es mi identidad, es algo muy especial esa sonoridad sabanera”, afirma. “A eso se debe —agrega— que cuando la gente tome un disco pueda decir: está tocando Justo”.

Y Justo tocó siempre. Criado entre porros y fandangos, Almario tuvo en el trompetista Pello Torres a su primer maestro. “Mi papá tocaba con la orquesta de él, que se llamaba Los diablos del ritmo, porque ellos ensayaban en la casa de mi abuela, y yo me les pegaba a los músicos, y los otros muchachos me decían: ¡oye, Justico, vamos a jugar!, y yo prefería quedarme ahí ayudando no solo con los atriles sino a repartir el ron, porque era sancocho y ron en esa época”, recuerda. En Justo y necesario, el documental del periodista Rafael Bassi, Almario hablaría del gusto de Torres por Louis Amstrong y esa educación sentimental de las buenas canciones, de las melodías hondas y pegajosas.

Sin embargo, ese primer contacto con el jazz tendría su forma más directa en Barranquilla, la ciudad donde conoció a su otro gran maestro, Jorge Rafael Acosta. “Un señor con una pedagogía tremenda”, afirma Almario. “Él tocaba el trombón —agrega—, pero si te gustaba la guitarra podía enseñarte la guitarra”. La huella de Acosta en la vida de Almario tomaría forma de ritual: “no importa donde esté, cuando yo llego al hotel le doy gracias a Dios por la vida de Jorge Rafael Acosta”.

 

Foto por Harold Varela/ Cortesía El Espectador

 

 

¿Te encontraste con el jazz en Barranquilla, entonces?

—Con Álex el “Muñecón” Acosta (hijo de Jorge Rafael), gran saxofonista, que tocaba con Pacho Galán, con la Banda Departamental, que estaba muy apegado a la cosa del jazz, y a él le mandaban unas grabaciones de vez en cuando, aunque era muy difícil en esa época: eran discos de Charlie Parker, de Benny Goodman, y él los escuchaba en la casa, y yo ahí encantadísimo, nunca había escuchado algo así.

 

 —Lo primero que escuchaste fue Charlie Parker, ¿no?

—Exactamente. ¡Escuchaba como un pájaro abriendo la puerta de la jaula y volando libremente! Me impactó mucho.

Para Almario, el encanto principal del jazz fue su riqueza armónica. “Ya en las melodías americanas había progresiones de acordes que permitían más giros melódicos para los músicos”, sostiene. Y habría  que escuchar al propio Almario improvisar a partir de “Giant Steps” (del merengue que hizo de “Giant Steps” con el combo TolúRumbero’s Poetry, el disco que grabó con el peruano Álex Acuña) y reconocer un fraseo audaz, de formidable expresión melódica.

Al hablar de Bermúdez, Galán y Peñaloza, Almario es enfático: “esas orquestas estaban inspiradas por las bandas de jazz americanas”. Y afirma: “Peñaloza, por ejemplo, fue una gran influencia en mi vida. Él era un jazzista, tocaba su trompeta, tenía un gran oído y tocaba como un músico americano, con todas esas cadencias de progresiones armónicas y modulaciones de forma natural”.

 

Foto por Paul Yates

 

Bebes de Peñaloza, de Pacho y de Lucho y terminas tocando con Duke Ellington. ¿Cómo fue tocar con Elligton?

—Tenía 20 años, estaba jovencito, y para mí… ¡imagínate! Yo ya sabía la influencia de Ellington en la historia de la música, pero no solo estaba él sino los grandes saxofonistas de su orquesta en esa época,  Johnny Hodges y Paul Gonsalves, que yo lo reemplacé en ese concierto. Fue una gran oportunidad para mí, algo que siempre ha marcado mi vida.

 

¿Recuerdas algo particular de Ellington?

—Lo que recuerdo es que era muy amable. Cuando estábamos en el camerino, me puso la mano en el hombro, ¡como si fuera familia, como si fuera de allá de Sincelejo! Después él tenía una costumbre que siempre daba cuatro besos, a hombres o mujeres, y me acuerdo que cuando me despedí de él me dio un abrazo y varios besos, uno para cada mejilla. Era un hombre muy trabajador. Cuando ibas a su hotel después del concierto estaba despierto como hasta las 4 de la mañana escribiendo música.

 

Tras hablar del repertorio de aquel concierto (“Take the A Train”, “Satin Doll”), Almario afirma que los nuevos músicos colombianos “están muy bien informados y equipados”. “Antes —concluye— teníamos que esperar que las cosas llegaran a Colombia. Ahora tienes Youtube y ¡puedes ver a Charlie Parker tocando!”.

 

Una versión de este texto apareció originalmente en El Espectador, Febrero 15 de 2011


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