Luis Rovira y el primer disco de jazz en Colombia

 

 

Por Jaime Andrés Monsalve 

 

 

Luis Rovira y su Orquesta, Club Passapoga, Madrid (Foto por cortesía de la familia Rovira Solano)

 

 

I

 

–¿Músico profesional desde cuándo?
–Desde los 18. Siempre tuve afición por la música y apenas terminó
la Guerra Civil debuté con mi orquesta.
–¿Compositor?
–¡Hombre! Sí. Cuando se me da, cuando tengo gana...
–¿Cuántas obras?
–¡Hombre! Unas cuarenta o cincuenta. Ejemplos: “Fandanguillo en jazz”, muy popular en España; “Lágrimas en tus ojos”, “No sé quién eres”, “Cenizas”, “Un vals”, etc.
–¿Música norteamericana y española?
–Son totalmente diferentes. No tienen parangón...
–¿Le gusta la americana?
–Sí, porque en general me gusta toda la música cuando es buena, ya sea popular, ya sea clásica. La música de jazz me gusta, por la expresión que tiene.
(El Espectador, 10 de febrero de 1954)                                                                                                                                      

 

Álvaro Monroy, reportero de espectáculos del diario bogotano, fue uno de los pocos que se interesó por recibir con una merecida crónica al clarinetista que llegaba desde España a Cali, a finales de 1953, y un par de meses después a Bogotá.

A miles de kilómetros de su Barcelona natal, el país al que llegaba Rovira se debatía entre la intensificación del fenómeno de la Violencia, la expectativa por la llegada de un gobierno de facto y una necesidad imperante en las clases acomodadas: sacudirse de todo por medio del baile y la bohemia.

La situación no le era por completo ajena. Años antes, se había escaqueado de la primera línea de combate en la Guerra Civil. Ahora llegaba con su orquesta a un país tan convulso como lo fue la España de su adolescencia. Esperaba cumplir un contrato de once semanas, pero se quedó diez años.

El olvidado paso de Luis Rovira por Colombia es, como casi todo olvido, injusto. Si a eso sumamos el carácter precursor de muchas de sus iniciativas, la oscuridad que envuelve su periplo por nuestro país no solo es injusta sino grosera: Rovira trajo hasta estos terrenos las lecciones de swing y be-bop que ya había impartido en la España de la postguerra; supo acoplarse a las modas locales de la música tropical transitando por los terrenos del porro y de la gaita cuando fue debido; y en el momento en que la juventud bogotana lo pidió, se hizo pionero de la moda del twist.

Aquí grabó tres discos. En la contracarátula de uno de ellos, llamado Luis Rovira Sexteto, podemos leer: “Luis Rovira eligió un grupo de músicos, todos estrellas internacionales en sus respectivos instrumentos, para grabar esta novedad Philips”. Eran ellos el colombiano León Cardona en la guitarra eléctrica, el argentino José María Cigno en la batería, su coterráneo Alberto Lorenzetti en el piano, el checo Zdenék Jirak en el vibráfono y el peruano Manuel Molina en el contrabajo.

Fue su tercera grabación en estudios bogotanos. Fue también el primer álbum de jazz grabado en Colombia.

 

 

Luis Rovira y su Orquesta, junio 17 de 1954 (Foto por cortesía de la familia Rovira Solano)

 

 

II

La memoria del clarinetista, director de orquesta y compositor español –nacido en Barcelona– no flaquea, porque recuerda perfectamente que debutó en el Teatro Urquinaona el 25 de mayo del 39.

(El Espectador, 10 de febrero de 1954)     

 

Aparte de la buena memoria, hubiera sido imposible olvidar tan accidentado debut. Ninguno de los nueve músicos de Rovira y su Extraordinaria Orquesta de Jazz, que esperaban encontrarse a su director en riguroso frac, pudo contener las carcajadas en público cuando lo vieron pisar el escenario, con su metro ochenta y ocho de estatura y su contextura de tallarín, ataviado con un chaqué de boda. Como si fuera poco, la emoción de verse dirigiendo por primera vez lo llevó a tropezar y a caer del escenario.

Esas situaciones no impidieron que en poco tiempo las miradas de toda Barcelona se dirigieran hacia la orquesta. Una sola actuación le bastó para recibir ofertas que coparon el resto del año: del salón de baile Shang-Hai, del Cine Selecto y del Teatro Romea. La de Rovira fue la primera orquesta de la postguerra española. Menos de dos meses separan el último parte de guerra firmado por Franco de su debut. Antes de la Guerra Civil, eran incontables las big bands que brotaban en tierras ibéricas. Después de la guerra, cuando el clarinetista se lanzó a dirigir su propia orquesta con apenas 22 años –había nacido el día de primavera 21 de febrero, en 1917, en el seno de una familia aburguesada dueña de una próspera firma aseguradora–, el jazz comenzó a volverse un género incómodo. “No era una música políticamente bien vista ni por los vencidos, que la consideraban capitalista, ni por los vencedores, que habían iniciado una feroz campaña xenófoba contra todo lo que pudiera extranjerizar nuestras costumbres”, asegura el investigador y productor discográfico Jordi Pujol en su libro Jazz en Barcelona, 1920-1965.

Los músicos de la orquesta regresaban a Barcelona luego de cumplir su servicio en bandas de guerra. En un año, a la primera nómina de nueve integrantes se sumaron otros 25, bajo el nombre de Luis Rovira y su Orquesta Sinfónica de Jazz. Eran tantos músicos sobre el escenario que algunos la llamaban con sorna la “banda municipal”.

Un cartel del salón de té, aparecido el 11 de mayo de 1948, anuncia la unión estelar entre Rovira y el norteamericano Don Byas, autor del clásico estándar de jazz “Laura”. Por alguna razón, el famoso saxofonista había decidido buscarse la vida en España, pero la suerte no estuvo de su lado hasta que el mismo Rovira decidiera plantearle que trabajaran juntos. Y así lo hicieron durante un año por escenarios de Madrid, Barcelona y Lisboa. En otros países de Europa la orquesta pudo alternar con Roy Eldridge, Toots Thielemans y hasta con una de las mayores influencias del catalán, Duke Ellington.

En esta época Rovira pasó por locales como el Principal Palacio, el Club Trébol, Atracciones Apolo, el Olimpia, conocido como “el Palacio de la Música Moderna”, El Cortijo y el célebre salón de té Bolero, en plena Rambla. En algunos de ellos alternó con sus propios hijos: Luis Jr. en el saxofón, Juan en la batería y Lola en la voz. En 1945, el Rigat los presentaba como “orquesta al estilo Glenn Miller”, mientras que en el Windsor Palace eran introducidos como “Luis Rovira y sus czardas”.

Antes de llegar a Bogotá en febrero del 54, habían recorrido el mundo (Portugal, Italia, Alemania, Bélgica y Egipto, entre otros países). Tocando sin partituras ni atriles, se habían hecho famosos como la “Orquesta de memoria”.        

 

 

El guitarrista

 

 

León Cardona (Foto extraída del LP Luis Rovira Sexteto)

 

Una reseña de 1961 del diario El Tiempo, firmada por Uriel Ospina, se refiere en estos términos a León Cardona García: “Apenas pasados los 30 años... es posiblemente, si no el primer guitarrista colombiano, al menos uno de los primeros. Dueño de una técnica depurada, y de una ejecución impecable y, sobre todo, de una vocación musical a prueba de cualquier duda, León Cardona es un ejecutante de primerísima línea”.

En 1950, a sus 23 años, el ejecutante de Yolombó, Antioquia, asombró al público del Grill Europa. Llegó para inaugurar el establecimiento de la familia italiana Di Agostino, en la calle 15 N° 8-80, con un contrato de seis meses y al hombro la Gibson que un familiar le había conseguido en Estados Unidos y que, hasta su llegada a Bogotá, encantaba a los oyentes de la emisora

La Voz de Antioquia. Como él mismo lo cuenta, “ver una guitarra eléctrica en Colombia era tanto como ver un marciano”.

Con su agrupación y su marciano logró combinar las armonías de los sonidos brasileños, los estándares de música internacional, la cumbia, el bambuco y el pasillo con el jazz. Poco recuerda Cardona de los avatares del disco grabado con Rovira y de los demás músicos participantes. Sí sabe que a partir de ese experimento descubrió hacia dónde dirigirse. “Toda esa música era la que yo tocaba en el Europa –cuenta–. Ahí me enamoré de esas armonías y se me ocurrió usarlas en ritmos del interior. Desde eso estoy escribiendo música colombiana con esos criterios”.

Recientemente y después de años como guitarrista, arreglista y director de agrupaciones de música tradicional, como el coro Cantares de Colombia, y tras nutrir el repertorio del bambuco y el pasillo con los temas “Gloria Beatriz”, “Ensueño”, “Ofrenda” y “Media sangre”, entre muchos otros, León Cardona recibió en 2010 la Gran Orden Maestros del Patrimonio Musical Colombiano. Estaba visto que el jazz, en su caso, habría de ser anécdota.

 

 

 

III

 

Luis Rovira y familia (Foto por cortesía de la familia Rovira Solano)

 

Un hombre alto, desgarbado y lacónico es Luis Rovira, quien parece que siempre va acompañado por el manager de la orquesta, Ricardo Neddermann.

(El Espectador, 10 de febrero de 1954)                                                                                                                      

A Neddermann no le sorprende la opinión proferida por Álvaro Monroy en su nota. “Éramos dos extranjeros en un país extranjero –dice hoy, a sus 87 años, desde Barcelona–. De Bogotá no conocíamos nada. Lo normal es que fuéramos juntos a todos los sitios”.

Se conocieron en Barcelona. Neddermann solía asistir al Rigat, al Bolero, al Cortijo, y allí se convenció de que Rovira era el indicado para viajar a Cali y actuar en sus clubes por una temporada de tres meses. Un hermano suyo, Federico, residente en la capital del Valle, le había contado que buscaban una orquesta para la temporada navideña de 1953 en el Club Campestre. Un miembro de la junta del club fue el encargado de cerrar la negociación y de ubicar los pasajes aéreos para trece músicos, tres cantantes, Neddermann y Rovira.

El paulatino ingreso de músicos latinoamericanos y europeos al país ibérico, después de una postguerra cerrada a cualquier manifestación foránea (entre otras, Franco había prohibido el empleo de anglicismos, lo que convirtió en “salas de baile” aquello conocido antes como “dancings”), hizo que el mambo, la guaracha, el son y demás ritmos latinoamericanos se pusieran de moda. Jordi Pujol asegura que prácticamente no existen grabaciones de jazz español entre 1949 y 1957, pues todas las agrupaciones se habían conducido por el camino de esta moda. Rovira no fue ajeno a la tendencia, y Cali terminó por recibir no a una agrupación de swing sino a un colectivo que combinaba la influencia norteamericana con el bolero, la música tradicional española y algo de música centroeuropea.

El espectáculo fue conocido como “doble orquesta”, porque además de la sección de vientos y percusión, en determinado momento hacían su aparición los llamados Violines de Oro, interpretados por los mismos integrantes. “Menos el pianista, todos los músicos tocaban como mínimo dos o tres instrumentos”, recuerda Neddermann, quien asegura que el valor del contrato se acercaba a los 3.000 dólares semanales.

Mientras eso sucedía, Ricardo Neddermann, convertido en el único representante que se le conoció a Rovira, viajaba a Bogotá para establecer contactos con algún establecimiento que quisiera tener a la orquesta en cartel. No tardó mucho en encontrarlo e hizo un par de viajes más a Venezuela y Brasil en busca de contratos internacionales.

En enero de 1954, la orquesta se despedía de Cali en gala abierta al público en el grill del Club Colombia. Volvería a esta ciudad para hacer nuevas temporadas en diciembre de 1954 y en el primer semestre de 1957, no solo en el Club Campestre sino también en los clubes Colombia y San Fernando.

Pocos días después de esa despedida temporal, Rovira y Neddermann se daban una definitiva: cierta reclamación económica del apoderado dio al traste con la relación. Todo terminó vía telefónica, el clarinetista ya estaba cumpliendo en Bogotá y Neddermann buscaba oportunidades para la orquesta en Brasil. Y aunque el ex manager asegura que todo fluyó en buenos términos, también dice: “No nos peleamos a puñetazos. Estábamos muy lejos el uno del otro”.   

 

 

El pianista

 

 

Alberto Lorenzetti (Foto extraída del LP Luis Rovira Sexteto)

 

“Tengo 78 años. Puedo decirle que no estoy senil, pero no recuerdo absolutamente nada de esto”. Ante su propia foto en el disco Luis Rovira Sexteto, Alberto Lorenzetti no puede sino sorprenderse. Extraño: si hay algo que despliega el pianista argentino, nacido en la población santafecina de Rafaela, es memoria. Sabe que en sus años como músico del Grill Colombia tuvo que tratar con Rovira, pero se le escapa toda conversación, cualquier concierto, algún estudio de grabación compartido.

Llegó a Bogotá desde Quito junto con otro integrante de la agrupación Los Tico Tico, y pasó por proyectos como un trío para animar una discoteca de carácter francés muy poco visitada, y un quinteto en el Lion’s Grill, situado en la calle 18A No 7-27.

Su breve etapa en el Grill Colombia hacia 1961 fue interrumpida ante la posibilidad de viajar a Ecuador para inaugurar el Hotel Quito, en un conjunto del que también hizo parte el baterista José María Cigno. Fue durante un viaje posterior a Curazao que conoció a Wes Montgomery. Conmovido por el sonido de su guitarra, en 1963 decidió irse a vivir a Estados Unidos para empaparse de todo el jazz.

A Nueva York llegó junto con Cigno y Jirak sin saber hablar el idioma, pero dispuesto a ganarse la vida. “Empecé a trabajar con un bajista chileno, Pedro Ibáñez, y con un baterista en un restaurante al que acudía toda la mafia neoyorkina”. De ahí saldría el grupo en el que trabajó más de veinte años, Los Lalá. “Cantábamos en portugués, en español y hasta en griego. Teníamos nuestros seguidores, incluso nos dieron las llaves de la ciudad”. Hoy, Lorenzetti trabaja dos noches por semana en un restaurante italiano en Nueva Jersey, su lugar de residencia junto a su esposa, la colombiana Miriam Sáenz, con quien se casó en Nueva York hace 47 años.

No tiene ningún recuerdo sobre el disco del sexteto. “Cigno me dice que esas canciones ya las tocábamos más o menos, pero yo no me acuerdo de haber interpretado nunca ‘Cosita linda’ ni la ‘Guabina chiquinquireña’ en tiempo de jazz. Pero ahora que usted me da la posibilidad de escucharlo, siento que no es pretencioso. Suena a lo que es: música comercial con estilo americano”.

 

 

IV

 

Luis Rovira y su Orquesta (Foto por cortesía de la familia Rovira Solano)

 

Un éxito en Cali y un rotundo éxito en Bogotá y solo escasos tres meses de permanencia en el país. Nos referimos a la orquesta de Luis Rovira, la misma que, contratada por la empresa Egea, anima ahora musicalmente las noches del Grill Colombia.

(El Espectador, 10 de febrero de 1954)

 

La orquesta de Rovira inició labores en Bogotá en febrero de 1954, tras negociación entre Ricardo Neddermann y la empresa Egea, gerenciada por Mariano San Ildefonso.

Con el tiempo, los músicos que llegaron con Rovira desde España regresarían a su lugar de origen. La nómina se renovó con aportes alemanes, argentinos y centroamericanos, y para 1957 la cuota nacional llegaría a cinco instrumentistas. En Bogotá, el Grill Colombia, lugar de reunión de la alta sociedad, se convirtió en centro de operaciones de la orquesta. Más de una conspiración política se fraguó y más de una fortuna se dilapidó en las mesas del amplio local, en la carrera 10 No 24-46.

“Con aires de seductor, Luis Rovira fue un innovador dentro de los directores de orquesta”, destaca un singular pie de foto en el libro Del fox-trot al jazz flamenco, de José María García. Ojos azules y bigote rigurosamente podado; la suma de atractivo, talento y fama lo hacía, por supuesto, objeto de la persecución femenina. “Mi padre era agraciado de físico y tenía pico de oro con las mujeres. Era un galanazo”, asegura Luis Jr. “Mi madre iba a Bogotá frecuentemente, pero igual entre viaje y viaje pasaban seis, ocho meses, un año... ¡Qué le voy a contar!”.

Hacia 1958, la familia recibió una foto de Rovira en la que llevaba una deslucida barba. El músico explicaba que la navaja del barbero no estaba bien esterilizada y que le habían contagiado un feroz sarpullido, ante lo que era preferible ocultar el brote a riesgo de parecer desaliñado. Doña Mary, esposa de Rovira, vio en esto una señal de la necesidad que tenía el músico de una vida en familia, reunió a los cuatro hijos –Ana María, Juan, Luis y Lola– y viajaron en barco desde Barcelona hasta Cartagena. La madre tuvo que insistirle a Ana María, la menor, que ese señor altísimo y vestido de punta en blanco, al que no recordaba de nada, era su padre.

Disuelta la distancia, Luis Rovira retomaría una entrañable vida familiar con doña Mary y sus hijos, en el domicilio de la carrera 24 No 42-05. No podían faltar las comidas de las dos de la tarde, ni los domingos de paseo, escuchando las transmisiones del fútbol colombiano, a falta de noticias de su amado F C Barcelona.

Luis Rovira ya se había convertido en ese momento en un invitado obligado a todas las ferias nacionales. Los viajes a Perú y Ecuador tampoco le eran esquivos. A finales de 1959, se planteó la oportunidad de que dejara de ser simplemente un músico contratado por el Grill Colombia para convertirse, además, en su administrador. Aceptó, y sucedió en el cargo al cantor de tangos argentino Raúl Iriarte. Él mismo recibía a los proveedores y vigilaba con celo que el trago no fuera adulterado. Doña Mary se ofreció a resolver los asuntos de la cocina y, cuando el chef francés del grill debía ausentarse, ella misma, experta cocinera, se dedicaba a dirigir las preparaciones. Rovira empezó a marginarse de la dirección de la orquesta y le cedió ese lugar al saxofonista salvadoreño Roberto Ávila.

Lo único que le faltaba por hacer en Colombia era grabar un disco.

 

El baterista

 

 

José María Cigno (Foto extraída del Lp Luis Rovira Sexteto)

 

“Hace más de treinta años que no estoy conectado con el ambiente. Ya no tengo interés en publicidad o en ser parte de los redescubrimientos de esta época”. Con esas palabras, José María Cigno, el menor del grupo involucrado en el disco de Luis Rovira, dio fin a nuestra correspondencia.

Jouziño” o “el Pulpo”. Así llamaban al baterista, participante del disco del sexteto a sus 22 años. Había llegado a Bogotá en 1959 desde su natal Rosario, Argentina, poco después del arribo de su hermano mayor, el también percusionista Oswaldo Cigno. Éste, fallecido en 2009, trabajaba con el grupo Los Cinco del Sur y decidió emigrar a Estados Unidos; entonces la gente que solía trabajar con él empezó a llamar al benjamín de la familia, que se especializó en los ritmos de la costa atlántica tomando lecciones con su amigo, el pianista nariñense Edy Martínez. En cuatro años, tocó con Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José María Peñaloza y Katia Castelar.

En Nueva York fueron reconocidas las facultades de Cigno para la interpretación de la samba y la bossanova. Tan es así que en los textos de la reedición de El baquiné de angelitos negros se le endilga por error nacionalidad brasileña. Cigno participó en 1977 como baterista de esa pieza conceptual, casi enteramente instrumental, de Willie Colón, uno de los álbumes emblemáticos del movimiento salsa. Antes de eso ya había hecho lo propio con el autor de “Todo tiene su final” y su cantante, Héctor Lavoe, en The Good, the Bad and the Ugly (1975), y en grabaciones del trompetista Ira Sullivan y del legendario Consort del saxofonista Paul Winter, empleando solo su primer nombre y apellido. “Seguí mi carrera de jazz drummer como la empecé: poca música popular, solo para la renta”.

“En cuanto a Rovira –dice–, sé que tuvo una orquesta en España; que luego llegó a Bogotá como director artístico del Grill Colombia, donde trabajamos, pero él no tocaba ni dirigía. Lorenzetti y los otros tocábamos juntos los arreglos que oíste. Rovira arregló y supervisó la grabación”.

José Cigno se retiró de la música en 1981, y hace cinco años regresó a Rosario.

 

 

V

 

Sexteto de Luis Rovira (Foto por cortesía de la familia Rovira Solano)

 

En primer lugar me gusta mucho la música colombiana. En cuanto a música bailable está en primer lugar la costeña, que es la menos auténticamente colombiana porque tiene mucha influencia antillana; en cambio la música del interior, o sea el pasillo, bambuco, guabina, etc., me parece que es netamente colombiana y si tiene alguna influencia exterior, yo al menos no se la noto.

(El Espectador, 4 de octubre de 1957)

 

 

Difícilmente alguien podría estar de acuerdo en afirmar que, al compartir el generoso mundo del sonido tropical, la cumbia, el porro o el fandango son menos colombianos que los géneros de la región andina. Aquella era, en todo caso, la opinión de Luis Rovira tras casi cuatro años de estadía en Colombia. Recién llegado, cuando le preguntaron qué música colombiana escuchaban los ibéricos, dijo: “Solo se conoce el porro... hace años causaron furor ‘Se va el caimán’, ‘Santa Marta tiene tren’”. El título de la nota que incluía ese comentario era todavía más elocuente: “En España no se tiene la menor idea ni del pasillo ni del bambuco, afirma Luis Rovira”.

Tras haber incorporado a su repertorio los sonidos de la costa caribe, Rovira podía darse el lujo extra de opinar y aconsejar. “La música colombiana no es conocida en otras latitudes porque no se le ha hecho suficiente publicidad –dijo también a El Espectador en la nota del 57–. Creo que la música colombiana con arreglos grandes y modernos, para orquestas grandes y modernas, se podría divulgar por todo el mundo y alcanzar una gran categoría”.

En 1961, posesionado del todo como administrador y director musical del Grill Colombia, podía llevar esas ideas a los surcos. Los contactos hechos durante estos años le habían permitido una situación privilegiada en varios círculos, incluido el de la industria discográfica, y el sello Philips empezó a llamarlo para asesorar diferentes grabaciones.

Durante ese año logró concretar la grabación de tres álbumes, que legó a la discografía nacional y que hoy son, aquí, materia de redescubrimiento.

El primero fue Tierra caliente con la vocalista Elsa Thorrens, trabajo de cumbias, porros y gaitas. El hecho de que un clarinetista español se hubiera interesado en estos géneros, y además hubiera compuesto y grabado piezas de esa usanza (“Negra quema”, “Clasymar”, “Te quiero con chiquichá”, entre otras), ya representa materia de asombro.

Pero Rovira fue aún más allá. Con los mismos miembros de aquella banda (él como director, su hijo Luis Jr., Roberto Ávila y Mario René en los saxos, Arnulfo Arnedo en la trompeta, Plinio Córdoba en la batería y Fabio Arroyave en el piano, entre otros), un par de semanas después salió a la venta Ritmo y melodía, con la vocalista Cecilia Torres. La orquesta se lanzó a la grabación de mambos, guarachas y merengues. Si antes la influencia había sido Bermúdez, Galán o Meyer, ahora recurría a lo que desde Cuba y Nueva York producían Tito Puente, Machito y sus Afrocubanos o la Banda Gigante de Beny Moré. Los antecedentes del jazz latino mundial no han tenido en cuenta este aporte registrado desde Colombia. 

Todavía faltaba abrirle el camino al jazz clásico. Ahí aparecieron Cardona, Cigno, Jirak, Lorenzetti y Molina a secundarlo.


El vibrafonista

 

 

Zdenék Jirak (Foto extraída del LP Luis Rovira Sexteto)

 

Del vibrafonista Zdenék Jirak poco se sabe luego de que se fuera a Estados Unidos junto a José María Cigno y Alberto Lorenzetti. No hubo espacio para todos en la casa donde los recibieron en Nueva York. Por eso se tomó en serio la oferta hecha por el cónsul americano en Colombia, un tal Mr. Meyers, para quedarse en casa de su madre en Warren, Ohio. Aquella deferencia, según relata el baterista Plinio Córdoba, era común en el cónsul, un baterista aficionado que aún hoy sigue siendo recordado por su camaradería con los músicos y por las jam sessions que organizaba los domingos junto a otro amateur llamado Fulton Freeman, trombonista y embajador estadounidense.

Jirak había llegado hasta estos lares escapando del comunismo. Estuvo un tiempo en Alemania y al llegar a Bogotá dejó a medio mundo boquiabierto por su excepcional dominio de varios instrumentos. Córdoba recuerda especialmente sus aptitudes al piano cuando trabajaron juntos en el Miramar, local de la calle 24 con carrera novena, y sus extrañas facultades para la música antillana, teniendo en cuenta su origen. Pero Jirak, además, tocaba con holgura el trombón de válvula, el acordeón y la guitarra.

Cigno asegura que Jirak se mudó cerca de Filadelfia y que allí impartió clases de música. Lorenzetti sabe que tocó en los casinos de Atlantic City y que allí montó además un negocio de reparación de instrumentos.

“Él se casó acá y después se separó –cuenta Lorenzetti–. Yo lo llamaba de vez en cuando, pero un día de repente se acabó la comunicación, el teléfono está desconectado. Presiento que se murió”.

 

VI

 

Luis Rovira (Foto extraída del LP Luis Rovira Sexteto)

 

La agrupación de varias melodías en cada interpretación no solamente constituye un deleite armonioso sino que hace posible la presentación de 25 temas, todos ellos escogidos entre los más resonantes éxitos de los últimos años y con original arreglo de Luis Rovira y sus magníficos colaboradores.

 

(Contracarátula del disco Luis Rovira Sexteto)

 

Cuatro de los músicos participantes del fugaz sexteto de Luis Rovira trabajaban para él en el Grill Colombia. El quinto, León Cardona, había llegado al grupo tras rodar la noticia que existía un asombroso y joven intérprete paisa de guitarra eléctrica dirigiendo la orquesta del Grill Europa. Todos ellos fueron convocados a los estudios de Suramericana de Grabaciones Ltda., para registrar la primera grabación de jazz colombiano, en un formato de clarinete, guitarra, vibráfono, piano, contrabajo y batería. Exactamente la misma línea del sexteto formado por Benny Goodman en 1939 con Charlie Christian en la guitarra y Lionel Hampton en el vibráfono.

Las 25 piezas de las que habla la contracarátula se unieron en mosaicos. Así, en realidad hay ocho cortes conformados por tres reelaboraciones de clásicos del jazz como “Blue Skies”, “You’re Driving me Crazy” y “Over the Rainbow”; tres conjuntos de boleros entre los que se cuentan “Noche de ronda”, “Frenesí”, “Tú me acostumbraste” y “Piel canela”; un compendio de temas mal llamados “internacionales”, y una reinterpretación de onda bebop de tres famosos temas de música colombiana. El disco se llamó lacónicamente Luis Rovira Sexteto. En su carátula se destacan los colores vivos y las fotografías de quienes participaron de este trabajo, el álbum fundacional de la discografía jazzística local.

“Que mi padre haya grabado el primer disco de jazz en Colombia comprueba que fue un iluminado”, asegura Luis Rovira Jr. “Aquí, en España, cuando las orquestas tenían que tocar lo que estaba de moda, él siempre incorporaba alguna improvisación. Puedo dar fe de que en 1959, el único jazz que se escuchaba en Colombia era el de los discos, en vivo no se oía nada. Por eso, en momentos en los que en Bogotá no había mucha posibilidad de tocar ese género, fue una iluminación suya pensar en grabar este álbum”.

No todas las opiniones son tan entusiastas. “Hay una gran confusión sobre lo que es jazz”, manifiesta hoy el baterista Cigno. “Básicamente es un estilo de música para la expresión del solista. No se toca para baile ni con uniformes. Mis vecinos americanos gustaban de las big bands para ir a bailar con las novias, y lo mismo hacían tus padres y abuelos con Pacho Galán y Lucho Bermúdez. Esto no es jazz. El jazz es una forma de arte que revela la vida e impresiones del nativo americano. Las big bands son puro entretenimiento para tratar de ganar dinero, y Rovira no era una excepción a esa regla”.

Pero sí es jazz. De eso hablan bien las improvisaciones y solos instrumentales, presentes en casi todo el disco junto con otras características fundamentales del género, como el llamado walkin’ bass o bajo caminante, y la batería sincopada en clave tradicional de swing. Esos elementos constitutivos están plenamente identificados al menos en cinco de los ocho cortes del disco. Los tres restantes, dos de los tres mosaicos de bolero y el compendio “internacional” (lo más cercano a la música estilizada, hay que decirlo), no poseen esas singularidades, pero sí guardan valores innegables como la guitarra eléctrica, que recuerda los escarceos de Ry Cooder con la música cubana y el bolero; o el vibráfono, que le da al disco un ambiente, digamos, norteamericano, afín a la obra de George Shearing o de Irving Berlin.

Es curioso ver que la palabra “jazz” ha sido eludida en toda mención al disco en su carárula y contracarátula, y que el encargado de escribir las notas prefirió emplear diversos eufemismos para evitarla. Por ejemplo, referirse a estos temas como “conocidas melodías... adaptadas a un nuevo estilo para darles un sentido musical diferente”, o el de presentar estos arreglos con el rótulo de “música popular selecta”.

Muchas son las teorías que se han esgrimido hasta hoy acerca de cuál fue el primer tema de jazz nacional. La opinión más común es que se trata de Macumbia, de 1984, del compositor e intérprete Francisco Zumaqué. Hay quienes esgrimen ejemplos anteriores, como Trompeta de amor, un jazz latino de Joe Madrid de 1976. Enrique Luis Muñoz Vélez, autor del libro Jazz en Colombia, defiende “la huella del jazz en los procedimientos orquestales” de Lucho Bermúdez y Pacho Galán, y se inclina por una pieza cercana a 1965, la gaita-jazz “Maqueteando”, de Bermúdez, en la que asombran los solos de trompeta y saxofón sin que el tema deje de ser una gaita tradicional. Hoy, aparece la grabación de Luis Rovira a terciar, con sobrada autoridad, en el debate.

Hay más: si se trata de buscar cuál es la primera pieza de jazz que remonte a las raíces de lo nacional, la respuesta también la tiene Luis Rovira Sexteto con su más asombroso corte: el popurrí compuesto por “Atlántico” y “Cosita linda”, de Pacho Galán, más la “Guabina chiquinquireña”, de Alberto Urdaneta, con arreglos de León Cardona. Se trata de un tema sincopado con improvisaciones de piano, guitarra, vibráfono y clarinete, constantes a lo largo de sus más de tres minutos.

Se suele decir que la primera fusión de jazz y música colombiana la realizó Charles Mingus con su pieza Cumbia and Jazz Fusion, de 1977; pero en el álbum del sexteto, Rovira se le adelantó casi dos décadas con “Atlántico”-“Cosita linda”-“Guabina chiquinquireña”, de 1961.

En el norte de Bogotá, en las bodegas de la antigua disquera Philips, hoy Universal Music, reposan cuatro cintas de carrete abierto con los temas de este trabajo, y otras tres provenientes de las sesiones de grabación de los dos discos tropicales. Las correspondientes a Luis Rovira Sexteto no son un máster original, sino una copia, y así están rotuladas. La grabación presenta saltos; con solo escucharla de pasada se descubre que fue obtenida a partir de un disco descuidado, sucio o en mal estado. Es imposible pensar en una remasterización decorosa a partir de esas cintas.

Muchas son las coincidencias que hermanan a este trabajo pionero con sus sucedáneos en el jazz colombiano. Una de ellas, tristemente, fue su destino comercial. “Yo no escuché nada acerca de la recepción del disco en su momento –afirma León Cardona–. No tengo idea, pero supongo que esto no hizo ninguna bulla”.                                                     

 

 

El contrabajista

 

 

Manuel Molina (Foto extraída del LP Luis Rovira Sexteto)

 

Manuel Molina Peñafiel era el menor de una familia absolutamente musical. Su padre, Alfredo, fue director de orquesta y tocaba saxo y clarinete. Todos los hermanos pasaron por el conservatorio y trabajaron en proyectos encabezados por Eulogio, uno más del clan. Manuel hizo parte de Eulogio Molina y sus Rock and Rollers, banda que grabó el primer disco de rock en Perú en 1957, seis años antes que sus colegas colombianos. También sobresalieron Alfredo Molina, trompetista conocido como Lolé; José, que en Venezuela hizo parte de Los Melódicos; y Olga, que cantó en la orquesta conformada para animar las noches del night club Embassy, en Lima.

Cuenta Alberto Lorenzetti que la última referencia que tuvo de “Mañuco”, como era conocido el contrabajista, era que se había residenciado en Canadá. Durante años, Manuel Molina vivió en Montreal, donde se casó, tuvo dos hijos y enfundó el contrabajo para dedicarse por completo al canto. Allá falleció a principios de la década.

 

VII

 

 

Portada original del disco

 

En pleno éxito, la orquesta de Luis Rovira emigró al extranjero y, con el tiempo, nunca más se supo. Pero hace poco volvió Luis Rovira y, más veterano, pero no menos animoso, recompuso una nueva big band con excelentes músicos jóvenes de este país y con ella está desplegando nuevamente las velas de su antigua reputación de bandleader de cuño clásico.

(La Vanguardia, Barcelona, 2 de febrero de 1984)     

 

 

Fue durante una visita a Barcelona, hacia 1959, cuando se enteró de los nuevos sonidos que causaban furor en la juventud. Por supuesto, debía regresar a Colombia provisto de esa música. El twist podía ser interpretado con vientos y no exclusivamente con guitarras eléctricas, lo que se adaptaba perfectamente al formato del Grill Colombia.

El pianista Alberto Lorenzetti explica que después de la tanda tropical aparecía un septeto y un grupo de bailarinas moviendo las caderas, en temas como “Let’s Go the Twist” que cantaba, desde la batería, José María Cigno. Las jóvenes invitaban a todos a la pista y enseñaban los pasos fundamentales, y aquello fue un éxito enorme, al menos durante un año. “Para poder ver el twist tenías que reservar hasta con un mes y medio de anticipación”, recuerda Luis Rovira Jr.

Ese nuevo público que se adaptaba a la moda, poco a poco se fue alejando hacia los cafés, las salas de cine y los almacenes de discos y ropa juvenil de Chapinero. Al fin y al cabo, el Grill Colombia era el lugar que frecuentaban sus padres, y había que marcar diferencias generacionales. Por eso, de la misma manera en que había prosperado, la iniciativa se fue apagando. El siguiente paso para el músico y empresario fue contratar un cuerpo de bailarinas provenientes de Panamá, pero la respuesta no fue la esperada. “La economía, la situación política del país, hizo que la gente empezara a quedarse en casa –afirma Ana María Rovira, hija menor del músico–. Nosotros llevábamos un nivel de vida muy elevado, pero el negocio se lo comió todo”. Era hora de pensar en el regreso.

Luis Rovira era un republicano absoluto con ideas de izquierda. “Un catalán muy arraigado”, según Ana María, “pero no independentista”, al decir de Luis Jr. Aun así, fue difícil tomar la decisión de regresar a una tierra que amaba como a ninguna. “Tuvo que haber sido muy duro, a él le encantaba vivir en Colombia”, dice la hija menor. Pero doña Mary se encargó de convencerlo, y en los primeros meses de 1964, el clarinetista regresaba. Ya en junio de ese año se estaba presentando nuevamente en Barcelona, con un combo reducido, en un lugar llamado Piscinas y Deportes.

Tras una década de ausencia se encontró con un público nuevo que no sabía quién era el tal Luis Rovira, ni que había cambiado los salones de té por las “discos”. Los contratos más interesantes, además, ya no provenían de su ciudad, motivo que obligó a la familia a radicarse en Madrid, donde hacía presentaciones esporádicas. “No teníamos privaciones, no pasábamos hambre. Pero no era lo mismo –cuenta Ana María–. Esos cambios nos enseñaron a todos a vivir la vida”. Rovira se lo tomaba todo con profesionalismo, e incluso aprovechó las horas muertas para llevar a cabo un doctorado por correspondencia en armonía moderna, en la prestigiosa academia Berklee, de Boston.

Andariego como había sido siempre, aceptó cumplir contratos de seis meses para tocar en diferentes hoteles de la cadena Hilton a partir de 1967. Se la pasó viajando entre España y Portugal; Noruega, Kuwait y Teherán. Y en 1981, en busca de su retorno definitivo a Cataluña, Luis Jr. se encargó de rearmarle una big band como las de los buenos tiempos para trabajar en el escenario del Rialto, de vital importancia para los nostálgicos en momentos en que los primeros coletazos del fenómeno cultural de la Movida se lo iba tragando todo. Con esa big band se presentó además en las temporadas del club nocturno Las Vegas y del salón de baile La Paloma, en la sala de fiestas

La Cova del Drac y en el Festival Internacional de Jazz de Barcelona, edición 1985, donde compartió escenario con Keith Jarrett, Sarah Vaughan, Milt Jackson y Jimmy Smith.

Pero tal vez, de todo ello, la labor que más satisfacciones le proporcionó durante esos años fue la de crear una big band conformada por niños de entre diez y catorce años en la población catalana de Santpedor. La orquesta alcanzó cierto reconocimiento, y mediante ese proyecto pudo, además, dar trámite a su interés por la docencia. Los años y la experiencia ponían a ese hombre por encima de cualquier consideración.

Desde aquel lejano e inolvidable debut con chaqué y traspiés, en 1939, hasta su última gala, en el Año Nuevo de 1989, pasaron cincuenta años. Esa noche, la orquesta se encontraba en Andorra, y doña Mary, detrás de escena, se preocupó al ver a su esposo entrando y saliendo del escenario sin aparente motivo, entre tema y tema, aquejado por un fuerte dolor de espalda. El parte médico indicó que el cáncer descubierto llevaba tanto tiempo de gestación que resultaba imposible saber dónde se había iniciado. Luis Rovira falleció dos meses después, el 24 de febrero de 1990.

 

Artículo publicado originalmente en la revista El Malpensante #113, Octubre de 2010

 


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