Mauricio Jaramillo: Un ilustre desconocido

 

Probablemente una de las figuras más destacadas durante la primera mitad de los años noventa en el ámbito del jazz local bogotano y seguramente una de las también tristemente menos citada y difundida, corresponde a la de un saxofonista de quien se dice, se adelantó a su tiempo en la consecución de sonido y en la aserción de sus interpretaciones. Era miembro de la agrupación Mango, una agrupación de buen nivel que se destacó, no estrictamente en el ámbito que aquí nos interesa, sino en la banda sonora de las noches reggae con el célebre vocalista apodado ‘Zulu’ y que fue la principal voz de los jingles comerciales de la época.

Hablo del saxofonista Mauricio Jaramillo a quien pude ver en varias pero fugaces ocasiones que quisiera, en el tiempo, que de algún modo volvieran. Eran los tiempos de los conciertos en la entrada del Museo de Arte Religioso, donde es hoy día la entrada a la cafetería de la Biblioteca Luis Ángel Arango en una especie de semisótano que a fuerza de imaginación se volvió en la primera mitad de los noventa, en el mejor escenario para que los más jóvenes conociésemos parte del jazz colombiano. La otra escena era la escena sumergida, la de los bares y las interminables noches en vilo escuchando a los solistas y a las formaciones de turno.

En esa especie de ‘anfiteatro’ sin mucha acústica, vimos también a otros ‘jóvenes leones’ de la época como al baterista Germán Sandoval, el saxofonista Mario Fajardo, el bajista Alfonso Robledo o el falutista y saxofonista Gilberto ‘Tico’ Arnedo. Algunos de ellos habían empezado a ser visibles o ‘reconocibles’ entre los entusiastas como yo que también asistíamos a las citas televisivas propuestas en Señal Colombia (el canal cultural del Estado), pues un programa que llegó a tener 100 emisiones y de nombre “Jazz Studio” les había mostrado como protagonistas de una escena en ciernes.

Así había visto a Jaramillo, borroso por la ensoñación de los colores, acompañando a William Maestre en un sketche producido por Carlos Flórez Sierra para la televisión nacional. Con él venían otros músicos destacados de la época y al verlo en vivo se afianzaba una idea de una música distinta a todo aquello que ofrecía el medio y el momento: jazz criollo hecho con inteligencia e intuiciones (e intenciones) suficientemente puras, delicadas y seductoras.

Se saben decenas de anécdotas siempre muy divertidas que perfilan aMauricio Jaramillo hoy día como una figura auténtica, consagrada y decididamente comprometida con el ámbito que le obsesionó tanto: el jazz. Una temporada vivió en el barrio Santafé (se dice que en el mismo edificio en que habitaban delincuentes y prostitutas) seguramente para captar algo de la tremendista esencia callejera que tanto necesita el jazz para ser auténtico.

Allí Jaramillo había suspendido del techo un banderín con la estampa de John Coltrane y convivían en el habitáculo dos loros y una iguana. Uno de los loros se llamaba Supermán y el otro Kriptonita, cosa curiosa pues este último solía desplumar al otro en riñas, como un presagio traído de los comics.

Jaramillo hizo escuela con sus fervientes seguidores que en cercanía eran sus propios estudiantes. En las charlas hasta altas horas de la madrugada, se levantaba de la silla a leer poemas de Jack Kerouac o de Allen Ginsberg (los poetas beatnik de los años cincuenta) lo cual sin lugar a dudas, sería suficientemente evocador de su estilo, su interés y su preocupación estética.

Un desafortunado accidente le negaría la posibilidad de continuar en vida ofreciendo sus saberes y compartiendo sus visiones musicales. Hacer obra y guardarla era posiblemente lo que venía consecuentemente en la vida del por entonces muy joven y trunco creador. Al cruzar corriendo la autopista norte (a la altura de la calle 170) en Bogotá, una flota intermunicipal le arrolló, impidiendo de ese modo llegar a la casa de un amigo suyo, otro jazzista de la época que vivía en el sector.

Segundos antes había terminado de comer un ‘perro caliente’ en un puesto ambulante sobre la misma autopista. Había caminado un largo trecho desde el denominado ‘Puente del Común’ a las afueras de la ciudad, pues descendió de la camioneta contratada, disgustado con los músicos compañeros de la agrupación Mango. Estaban saliendo del trabajo hacia la medianoche. Jaramillo terminó media botella de brandy en ese largo trecho a pie, para encontrarse con su propia muerte. Destino propio de un jazzista absolutamente auténtico.

 

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