Sebastián Cruz and the Cheap Landscape Trio (Canción popular melodramática en Nueva York)

 

¿Qué se dice cuando se ha dicho todo? Nunca se ha dicho todo; pero casi siempre se ha dicho lo suficiente. Decir lo suficiente es decir una comodidad. En materia musical, me perdonan, esa comodidad tiene nombre propio protuberante: los géneros.

No tengo recuerdo de haber conocido músico serio que no se incomode, en un grado u otro, con las descripciones que dan cuenta de su material centradas exclusivamente en los géneros: Fulanito toca rapi-jazz; sultanito toca rock-industrial. Les veo la mueca; se las veo y me pregunto en qué momento se dijo lo suficiente. De pronto se dijo lo suficiente cuando se dijo urban. De pronto antes, cuando se dijo folclor.

La primera vez que escuché The Cheap Landscape Trio me dio un ataque de hipo. Fue como comer a destiempo.

Me demoré en llegar a la salva de aire agitado representada en los ataques de cuerdas y cueros de Sebastián Cruz, Ruben Samana y Joe Saylor, porque había leído demasiado al respecto. O lo suficiente. La palabra me había construido barrera. No era desprecio ni mucho menos. Ni por el día del músico colombiano en Nueva York ni por proyectos colectivos como La Distritofónica, sobre el que, debo decir, la última vez que visité su página en Internet me conmovió. No. Lo que había leído, y que era suficiente, suficiente como llega a ser suficiente el queso con bocadillo, era esa comodidad binaria de la etiqueta exprés escrita desde los sillones de observadores tanto americanos como criollos: “Colombian influences and urban electricity”.

¿Quién lo dijo primero? Da lo mismo. Se la colgaron a Arnedo, se la colgaron antes a Zumaqué y probablemente no a Rovira porque simplemente nadie nunca supo quién fue Rovira. La ha padecido el pianista bogotano antes radicado en Nueva York, Ricardo Gallo, se la colgaron no hace mucho a The Cheap y seguro se la redactan en italiano en este momento al desquiciado probable que trona síncopas de currulao en Nápoles. Así que me demoré. Le entré tarde. Da lo mismo.

El problema de fondo en esta lógica descriptiva del queso y del bocadillo es su convicción de que la música está hecha, fundamentalmente, de aires. Aires que se entienden como patrones rítmicos y patrones armónicos. Cartas de póquer que se barajan; sabores que se solapan. En otras palabras, que los ritmos que se citan, que los ecos que se actualizan, que las armonías que se extienden, son el centro de la composición musical. Humildemente, y sin ningún ánimo de demostrarlo, voy a decir que no creo que esto funcione del todo así.

Si es cierta la mitad de lo que las investigaciones recientes han mostrado, respecto de las relaciones entre el cerebro y el sentido del tiempo (que no es el mismo sentido del oído: hearing / timing), entonces la cabeza de los músicos se comprende mejor desde la noción contraste, que es tanto comparar para distinguir como moverse seguro en las anchas milésimas del segundo. La aguda capacidad de contrastar es la que, sospecho, les organiza a los músicos su capacidad de composición y ejecución. Poner toda la información equívoca, arrítmica, rítmica, sucia, ruidosa, táctil, sesgada, armónica y no, en un todo claro, sincronizado, que es un instante de simultaneidad. Un todo que es una historia precisa.

Con algo de información y mucho de costumbre todos podemos reconocer cuando suena un merengue o una salsa. Pero entre eso, y ejecutar o componer un merengue o una salsa, media un abismo de milésimas de segundo, un abismo (con tanto de abismo pero también con mucho de mínimo) donde la posibilidad de poner toda esa información junta depende de un sentido de la sincronía que es un privilegio. O simplemente un cultivo, eso no me importa discutirlo. Nada.

 

***

 

Sebastián Cruz y David Eagleman no se conocen, pero el primero podría ser uno de los especímenes de experimentación del segundo. Y en ese caso músico-neuronal hipotético (que es el que me importa para hablar de la música de Sebastián Cruz and the Cheap Landscape Trio, así me esté demorando en decirlo), Eagleman nunca le preguntaría al líder y compositor del trio jazzero por sus relaciones ni con el urban ni con los ritmos tradicionales de las costas nacionales. Nunca.

Eagleman tiene 39 años y es profesor de neurociencia en la escuela de medicina de la Universidad de Baylor, en Houston. Se rompió la nariz cuando niño, y fue un desconocido, popular en su círculo, hasta abril de este año, cuando la revista The New Yorker publicó un perfil suyo concentrado en sus experimentos alrededor de las relaciones entre música y neurociencia.

Las investigaciones de este californiano se fundan en su sospecha alrededor de la lógica (todavía prevalente) de la frenología: “acá está el espacio preciso del cerebro donde tal cosa está pasando”. No, dice Eagleman. Al menos no, rotundamente, en el caso del sentido del tiempo, que es sentido de la coordinación, que es sentido de la sincronización o lo que en inglés llaman timing. Según él, este sentido del tiempo es sensiblemente distinto a todos los demás. Vista, olfato, tacto, gusto y oído son relativamente fáciles de aislar en el cerebro al modo de la frenología. Sus funciones se disciernen las unas de las otras y raramente se solapan. Un sentido del tiempo como timing teje, en cambio, toda experiencia de percepción. El sentido del tiempo distribuye lo sensible. Está presente por supuesto en el ritmo, pero también en el rayo de luz del bombillo, en la persistencia de un olor que apesta.

La música, hasta cierto punto, ha secuestrado para su gloria la universalidad de este sentido del tiempo que atraviesa nuestra experiencia sensible. Bien por ella. Ha hecho de su relación aguda con esta propiedad distribuida, un prestigio. Un misterio también, cómo no.

 

* * *

 

¿Cómo se experimenta el mundo si se tiene el sentido del tiempo de un compositor de guitarra, o de un baterista, o, mejor aún, el sentido del tiempo de un director de combo de estudiantes que no estudian música? La primera parte de la pregunta es la parte que Eagleman le haría al músico colombiano líder de The Cheap Landscape Trio, porque es la pregunta que intenta hacerle a todo músico profesional con el que se cruza. La tercera parte de la pregunta es la parte que me corría a mí por la cabeza el único día que he visto en vivo a Sebastian Cruz por fuera de la formación de su trío estruendoso.

Fue este año, pero temprano, en el frío de febrero o marzo. En Nueva York.

Ese día Cruz había separado la fecha de música en vivo del célebre local que apoya a los jazzeros colombianos en Queens: Terraza. Lo que quería presentar no era otro proyecto afín de músicos colombianos buscando color. Lo que quería presentar era la veintena de estudiantes (latinos y no) que tenía a su cargo en el combo de música latina de la Universidad de Columbia. No sé por qué fui. Tenía que ver con el destiempo. Tenía que ver por supuesto con la impresión que me había producido la música de The Cheap, eso que yo pensé que ya no me impresionaría porque había tenido suficiente de urban y folclór. Pero tenía que ver, sobre todo, con la categoría de amateur, una vaina que entonces me obsesionaba: la idea simple del contraste entre la manera como experimentan la música los músicos, y la manera como experimentan la música el resto de los mortales sordos que sin embargo aspiran a tocar. Una delicadeza así.

Cualquier que haya estado en Terraza sabe que subir un grupo de más de diez personas a su tarima aérea es, por lo menos, una irresponsabilidad con la seguridad del local. Pero ahí estaban, más de veinte pelaos y peladas (¿dije ya que gringos y algunos de descendencia latina?), ruidosos, desorganizados, montadores, todos nerviosos y contentos, eso sí, lo que los hacía saltar a veces y aumentar el riesgo de que las tablas colgantes sobre las que se ejecuta la música en vivo, pues se vinieran al piso y mataran al público que se hace abajo.

Cruz como director de combo emite tantos ruidos como cuando descarga con su guitarra jazz. Fue exigente. Incluso agresivo. A punto estuvo de saltar y ponerse él mismo a remediar lo que a veces sonaba mal, que fue increíblemente poco, porque había que ver la solvencia con que esa veintena de latinos y americanos aporrearon las cumbias que tocaron. Había que ver, con un mínimo entrenamiento en ejecución, lo cercano que puede ser el sentido del tiempo musical (timing) de un principiante y el sentido del tiempo de un profesional cuando ese profesional, por ejemplo, se ha ocupado de esos principiantes.

En fin, que de lo que trato de hablar, para hablar de la música determinada de un determinado artista, es de su facetas: líder compositor, tolerante profesor universitario, sujeto hipotético en un experimento de neurociencia. Hace unas semanas Cruz estuvo en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá haciendo exhibición de otra faceta más: la de acompañante. Tocar desde el discreto encanto de quien hace las bases para el sonido de otro. En ese caso, acompañante de la cantante Lucía Pulido, una faceta que me perdí por lo mismo que vengo tratando de elaborar: el destiempo, las palabras demasiadas. Un destiempo que en Colombia teje hoy en subterráneo una solución material: la salida pronto, con el sello Festina Lente Discos, de su disco a trío de sacudidas: paisaje melodramático que es un nombre y un ataques de cuerdas y cueros y que, en gracia al destiempo, también se consigue ya en Amazon. Ahí les dejo: Sebastián Cruz and the Cheap Landscape Trio.

 

Juan Álvarez (@_JuanAlvarez_)

 

*Nota: Las palabras en cursiva se conservaron tal cual el manuscrito original de Álvarez. Las palabras que están en negrilla fueron resaltadas por los editores de jazzcolombia.com


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