El problema de los lenguajes

 

Por Juan Carlos Padilla

Después de leer las críticas que se han escrito en la página en relación con las diferentes propuestas elaboradas en la escena del jazz colombiano actual, he quedado con ciertas dudas acerca de los lenguajes y criterios empleados por quienes realizan las mismas; y sin querer incluirlos a todos - con lo cual cometería una enorme injusticia -preferiría sin embargo expresarme de forma general.

Abundan en las críticas términos como predecible, riesgo, académico y términos implícitos como contemporáneos y vanguardia.  Estos términos siempre han causado en mí profunda desconfianza, más cuando son usados de forma peyorativa para hacer crítica musical. Es verdad que nosotros - los músicos - usamos estos términos con frecuencia, incluso en nuestras clases, como términos descriptivos, para establecer divisiones históricas de períodos musicales, pero rara vez como criterios de valoración estéticos acerca de lo buena o mala que resulta cierto tipo de música.

Por mi parte admito que uso estos términos de demarcación  con la plena conciencia de lo arbitrarios que resultan en muchos casos; lenguajes que son presa fácil de ese error que el filósofo Nietzsche vio con claridad: el error de la unificación conceptual. Palabras como contemporáneo no hacen más que unificar bajo un concepto estados y situaciones dispares que en la realidad musical parecen ser bastante diferentes, mucho más en el mundo de la música actual.

¿Porque al fin y al cabo, quién tiene la última palabra? Si tuviéramos que hacer a un lado la música predecible, la mayoría de nosotros tendría que quemar el noventa por ciento de sus discotecas. O si tocamos el problema de lo académico, como si dijéramos "¡oh! es demasiado académico", compositores como Dave Holland, Avishai Cohen o María Schneider, todos pilares del llamado "jazz moderno" o contemporáneo" quedarían en la lista negra. ¿Hay acaso algo más contemporáneo que el hermoso y "formólico" Stan Kenton de los años cuarenta? ¿O con más riesgo que la actitud de Rachmaninov de mantenerse "firme" en su aire clásico ante la avalancha del atonalismo? Y no creo que alguien se atreviera a decir que Rachmaninov es "gallego".

Lo que yo encontré en "algunas" de las críticas, leyendo entre líneas, fue una especie de derroche de pasión y gusto. Estos definitivamente son elementos ineludibles en toda crítica. Sin embargo, después de leer la crítica que se hizo del disco de la banda Zaperoco, me veo en la necesidad de expresar que toda crítica requiere un balance entre los elementos de del gusto y la pasión, y elementos científicos y técnicos que precisen el uso de ciertos lenguajes y también el por qué de este uso.

Soy un asiduo lector de revistas especializadas en jazz y encuentro que en estas publicaciones los artículos de melómanos y conocedores, comparten sitio con otros artículos escritos por reconocidos músicos de la escena que aportan un enfoque más técnico y científico desde el punto de vista musical, con lo cual se produce cierto balance.

En este sentido me pareció más justo el escrito de Oscar Acevedo que, aunque me dio la impresión de ser tratado de tradicionalista, por cometer el error quizás de generalizar y no reconocer de forma explícita trabajos tan equilibrados como el de Juan Manuel Toro o Kike Mendoza, simplemente hacía un llamado de atención – al hablar del problema de las melodías memorables – en lo concerniente a que el jazz no es sólo una música de improvisadores, sino a su vez, una música de grandes compositores y que el mejor jazz es aquel que logra la mejor mezcla entre la composición y un excelente despliegue lingüístico y técnico.

Es claro que de una escena jazzística incipiente como la nuestra y que se encuentra en vías de consolidarse, debe hacer parte una crítica musical; pero una crítica precisa y responsable.

La irresponsabilidad en este sentido puede afectar trabajos serios, elaborados durante años con profesionalismo, estudio y dedicación. Porque a pesar de encontrarme estéticamente lejos de la banda Zaperoco – como compositor – esto no debe nublar mi visión musical ni impedirme reconocer que es una banda madura de excelentes compositores, instrumentistas e improvisadores muy al contrario de otras que han sido sujeto de elogio por parte de la crítica por el simple hecho de realizar un supuesto aporte conceptual, pero que al escucharlas nos encontramos con un nivel instrumental y de composición realmente amateur, -por usar una palabra respetable- ; nivel que, como todos sabemos, ha sido una característica esencial en el jazz de todos los tiempos de todos.

Confieso ser un amante del jazz llamado contemporáneo. Pero el jazz es hoy en día una música abierta a todo tipo de expresión y es ahí donde está su real contemporaneidad. Como reza el título del famoso programa y festival “Tudo é Jazz”. Yo solo espero que esta fiebre actual por lo contemporáneo, no se convierta en una máscara que también a través de la crítica fomente deficiencias musicales y técnicas, sirva para que nadie se vea obligado a seguir componiendo jazz con melodías, armonías, arreglos y formas y ponga piedras en el camino de aquellos que siguen esta vía.

Una crítica que incluya el balance entre el gusto, la pasión, y el tratamiento responsable de elementos científicos y técnicos desde el punto de vista musical, seguramente proporcionará resultados más justos y lenguajes más precisos y claros.

Agradezco todo el apoyo que su fundación nos ha brindado y la posibilidad de ejercer la libertad de expresarme.


 

El problema de llamar las cosas por su nombre

 

Por Manuel Dueñas

Leo con interés el comentario que el músico Juan Carlos Padilla escribe alrededor de mi crítica al disco del grupo Zaperoco. Aunque no me menciona con nombre propio —y yo habría agradecido que lo hiciera—, es interesante que su análisis intente ir más allá del arrebato pasajero. Es decir, que haya ideas y argumentos.

Leyéndolo entre líneas, el texto de Padilla se sostiene sobre dos bases: el conflicto de algunos términos (predecible, riesgo, académico y, en las antípodas, contemporáneo y vanguardia) y la responsabilidad (y con ella la necesidad de “lenguajes más precisos y claros”) necesaria a la hora de escribir crítica de música.

Sin embargo, esas dos bases están unidas por un error. O, si uno quiere ser más preciso, una confusión. En rigor, la lectura que Padila hizo de mi crítica es errada. Dicho en otras palabras, nunca me interesó situar lo contemporáneo —o esas músicas dispares que pueden ser leídas como “contemporáneas”— como un parámetro o valor absoluto. De hecho, la palabra contemporáneo (que es un término para hablar del tiempo actual, presente) no aparece en el documento. Tampoco la palabra vanguardia. Cuando quise referirme a músicos o músicas que se toman más riesgos —al menos explícitamente—, lo hice hablando de “proyectos con visiones más abiertas”.

Desde luego, el planteamiento central de Padilla está en que, presumiblemente a mi juicio, es posible dividir el bien y el mal a partir de la vanguardia y la tradición. Muy acertadamente, Padilla trae ejemplos (Kenton, Rachmaninov) a los que yo mismo podría agregar más nombres: Mozart, Monk, Ellington, Hill, Bermúdez. Para ponerlo mejor, no podría disfrutar más de ciertas obras de Bach (escuchar a Dios es escuchar la giga de la Partita No. 3 para piano), de la poesía de Bill Evans, de ciertos sonatas de Haydn (la número 32 es hermosa y absoluta), de un cuarteto de Fauré, de una misa de Palestrina, de la riqueza y la fuerza del trío de Keith Jarrett (¿es posible pensar en algo más clásico que explorar todo el cancionero americano?).

La deducción es elemental: la música no es juzgable ni por sus etiquetas (jazz colombiano, jazz venezolano, jazz argentino) ni por sus riesgos explícitos (armónicos, melódicos, conceptuales). Un trío clásico de Kenny Barron (Ben Riley y Ray Drummond) es más interesante que el último quinteto de Gonzalo Rubalcaba. Las razones: fluidez, imaginación, diálogo. Tres elementos que, lo reitero, nunca escuché en Edificio Colombia

En la deducción hay, además, un principio: las opiniones deben ser construidas sin importar a quién mencionen y “sin importar con quién coinciden”, como escribió el crítico Eliseo Cardona. Cardona mismo nos recuerda otro pilar fundamental: la crítica es el ejercicio de justificar las preferencias. Y, en ese sentido, de llamar las cosas por su nombre. Cuando Padilla habla de precisión y claridad, tal vez alude a la idea de suavizar el lenguaje, de formular una insoportable corrección política: los asesinatos a sangre fría son falsos positivos, el Caribe colombiano es costa Atlántica; los discos malos no son discos malos, sino regulares o no tan logrados; un grupo aburrido sonaría mejor en vivo. El resultado es un mal invento que casi todo el mundo entiende como “crítica constructiva”. O sea, una crítica de eufemismos, de pocas palabras directas (como lo escribí reseñando el disco de Zaperoco). Y, de cualquier forma, una crítica que busca caer bien. Cito (mal, de memoria) a Cardona: no escribo para hacer enemigos, pero tampoco lo hago para hacer amigos.

En su texto, Padilla menciona que es “asiduo lector de revistas especializadas en jazz”. Aunque no venga al caso (o tal vez sí), soy suscriptor de dos revistas que entran en esa etiqueta (Downbeat, de Estados Unidos, y Jazz Magazine, de Francia) y casi siempre encuentro reseñas que no buscan complacer. Solo por dar un ejemplo, en el primer número de Downbeat del año pasado, el crítico Jim Macnie comenta un disco del grupo Soulive (Up Here, Royal Family) de esta forma: “It just doesn’t bode well when the disc you’re most attracted to by a band is a remix record. […] The problem comes down to invention. Drummer Alan Evans, guitarist Eric Krasno and keybster Neal Evans are way skilled on their instruments, and their intra-band unity is remarkably tight.”

Más allá de esas revistas, podría mencionar críticos que escriben con honestidad intelectual. Reseñando la última visita del saxofonista David Murray (y su banda tributo cubano) a Buenos Aires, Diego Fischerman (Página/12) escribió que “la falta de riesgo, la repetición de un mismo modelo de desarrollo hasta el cansancio y más allá, y la sensación de infinita escasez creativa se acentuaron con la comprobación de que la banda hubiera podido dar para más” (por las dudas, valga aclarar que Fischerman ha escuchado y disfrutado a Monteverdi). Hablando del último disco del pianista Danilo Pérez, el inglés John Fordham (The Guardian) afirmó: “It’s commendable that Perez wants to widen his horizonts, but this indecisive set sounds like work in progress”.

Padilla habla, también sin nombrar, de visiones musicales “que han sido sujeto de elogio por parte de la crítica por el simple hecho de realizar un supuesto aporte conceptual, pero que al escucharlas nos encontramos con un nivel instrumental y de composición realmente amateur”. En ese sentido (y ya que hablamos de “lenguajes más precisos y claros”), sería interesante que mencionara con nombre propio a esos críticos y a esos músicos de supuestos aportes conceptuales (pero de un bajo nivel instrumental y de composición).

No hay una “fiebre actual por lo contemporáneo”, en cualquier caso. Nunca está demás decirlo: disfruté mucho BBB (del pianista Juan Andrés Ospina), Herencias (del pianista Bruno Böhmer) y La última canción (del guitarrista Jaime Andrés Castillo): hay en todos esos discos “melodías, armonías, arreglos y formas”, elementos que siguen muy presentes —a veces magistralmente transmutados— en la música de un baterista como Jorge Sepúlveda o en los viajes interiores de un saxofonista como Pacho Dávila.

Por último, el resultado más “preciso” y “claro” es el mismo: por su falta de intercambios, de riesgo (y en Mendelssohn había riesgo), de riqueza expresiva y conceptual, Edificio Colombia me sigue pareciendo un disco monótono y apenas correcto.

 

PD. El texto de Óscar Acevedo, al que Padilla hace mención, generaliza y desconoce. Pero algo peor: evita llamar las cosas por su nombre. ¿Cuáles son esas canciones que “no alcanzan una verdadera talla compositiva” y “carecen de contenido melódico memorable”? 

 

Todos los comentarios acerca de estos dos textos puede hacerlos acá


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