Un jam: expedición creativa y tour de force

 

La ciudad de Bogotá tiene también una tradición en el tema de las ‘sesiones de improvisación colectiva’ por lo menos desde los años setenta cuando el lenguaje del jazz se había esparcido de sobra por muchos más lugares del mundo, diferentes a las cunas originales del jazz moderno (entre ChicagoDetroit y, especialmente, Nueva York). El baterista colombiano Javier Aguilera refiere con emoción las muy bellas y aventajadas sesiones en el popular Hippocampus y de cómo sucedieron asuntos tan memorables como la llegada de un jovencito de larga cabellera con pantalones de ‘bota campana’ y una Fender Stratocaster, en 1973 a ese sitio, procedente de New York en donde había probado pulso y suerte con grandes de la escena musical, con buenos resultados y que por tanto ya estaba acostumbrado a ese tipo encuentros.

 

El pianista en esa ocasión era el legendario Armando Manrique quien hizo un gesto malhumorado cuando jalonaron al muchacho hasta el escenario, pero luego el rostro aprobatorio sorprendió a todos unos momentos después de que Gabriel Rondón (el muchacho en cuestión) tocara los primeros acordes con el conjunto.

 

Quienes continuaron la tradición por supuesto lo hicieron en clubes nocturnos – por ejemplo - de lacalle 82 en Bogotá durante los años ochenta, en la cuerda de Eddy Matinez y Joe Madrid, mientras se acercaban jovencitos de la época como William MaestreAntonio Arnedo o los hermanos Germán y Orlando Sandoval, por citar sólo unos pocos de ese semillero.

 

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